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El coche que se manejaba solo


Cuando Jesy cumplió 18 años sus papas le regalaron un Ford Falcon modelo 62, una joya de colección. Jesy estaba feliz, pero tenia un problema: no sabía manejar. Su padre no tenía tiempo para enseñarle, pero ella tenía muchas ganas de usarlo, así que se subió, puso primera pero no salió. Lo intentó varias veces hasta que se cansó. Se apoyó sobre el volante y se puso a llorar. De repente el auto se encendió y comenzó a andar solo. Jesy se asustó porque pensó que el auto estaba embrujado, entonces se le vino a la mente su abuela, y como si el auto le leyera el pensamiento, encaró por la avenida que la llevaba hacia esa dirección. En pocos minutos, el Falcon 62 estacionó en la puerta. Jesy se bajó y fue corriendo a contarle el milagro a su abuela. Mientras le servía la leche con galletitas, Jesy hablaba y hablaba sin parar. Su abuela le dijo que tuviera cuidado y que siempre usara el cinturón de seguridad.
Más tarde, Jesy quiso ir a lo de su amiga y solo tuvo que pensarlo para que el Falcon 62 la llevara hasta esa casa. Un rato después, Jesy y sus amigas paseaban en el auto mágico por toda la ciudad.

Un día Jesy se despertó con muchas ganas de hacer un viaje muy muy largo. Entonces apenas se subió al auto pensó en México.

Cuando llegó a Jujuy quedó maravillada con las hermosas montañas de colores y los enormes salitres. El Falcon llegó a Bolivia y descansó a orillas del lago Titicaca. Desde allí, Jesy fue a recorrer las ruinas de Machu Pichu en Perú. Ya estaba cerca de su destino final que era México.
Al Falcon se lo escuchaba Feliz, su motor rugía con mucha potencia y a la vez sonaba afinado como un violín.
En pocos días, Jesy y su auto llegaron a México después de haber pasado por Ecuador, Colombia, Panamá, Nicaragua y Guatemala.
En México visitaron el castillo de Chichen Itzá, la ciudad de Uxmal y terminaron el viaje en el vecindario del Chavo del Ocho, que ahora se había convertido en un hotel de lujo.

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