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El sueño del pintor (Por Moises)

 Había un pintor que se llamaba Francheso que vivía en Pacheco y tenía el sueño de ir a estudiar bellas artes a Francia. Pero para eso tenía que juntar mucho dinero. Se le ocurrió que, si participaba en algún concurso y lo ganaba, podría juntar el dinero necesario. 

En el primer concurso que participó tuvo que pintar algo relacionado con la Casa Rosada. Franchesco, eligió pintar el cambio de guardia de los ganaderos. La pintura fue muy original porque hizo un cuadro que tenía forma redonda. Afortunadamente, Franchesco ganó el primer premio que consistía en un pasaje con estadía a Corrientes y unos pocos pesos para vivir. Pero esto no era suficiente como para llegar a París. 


En Corrientes, Franchesco aprovechó para conocer los Esteros del Iberá, y quedó tan maravillado con el paisaje de esa naturaleza que lo pintó. El cuadro era imponente, de dos metros de ancho por uno de alto, donde se podían ver todo tipo de vegetación y animales como Caimanes, pumas, aves, ranas y muchos otros más. 

El cuadro era tan maravilloso que dos ancianas muy acaudaladas se pelearon por comprárselo en el muelle donde terminaba el paseo de lancha que había tomado Franchesco para ir a pintar.











Del dinero de la venta usó una parte para viajar a Misiones; siempre había querido conocer las Cataratas del Iguazú, y se le ocurrió pintar la famosa Garganta del Diablo, un salto de agua de ochenta metros. En este caso, el pintor hizo un cuadro de tres metros de alto por ochenta centímetros de ancho para poder captar toda la extensión de la caída de agua. Le costó bastante llegar con semejante cuadro hasta el hotel, no lo pudo traer en bus porque no entraba, tampoco en un taxi, pero gracias a la ayuda de un turista brasileño que lo cargó en el portaequipaje del auto, pudo llegar a destino. Franchesco estaba con suerte porque el dueño del hotel le compró el cuadro para exponerlo en el lobby. 

Como nuestro pintor estaba de buena racha viajó a Tierra del Fuego, y se propuso pintar el Faro del Fin del Mundo, que había conocido de niño a través de una novela de Julio Verne. El cuadro, según Franchesco, había sido su mejor obra, y por lo tanto estaba muy orgulloso de ella. Y no solo él, sino también los turistas que estaban en el barco de regreso, que se agolpaban para observar la maravilla de Franchesco. De la misma manera que pudieron apreciar los colores y el realismo de aquella pintura, también fueron testigos de la imparable ráfaga de viento que se llevó el cuadro para ser tragado por las profundidades del rabioso mar. 

Junto al cuadro, en el fondo del mar, quedaron las esperanzas del pintor y su sueño de llegar a París. 

Apenas el barco llegó al continente, Franchesco, con los pocos pesos que le quedaban fue a sacar un pasaje de regreso a Buenos Aires, pero el destino tuvo otros planes para él. 

Uno de los testigos del vuelo del cuadro quedó tan maravillado con la calidad y el talento del artista que decidió hacer algo por él. El hombre se llamaba Néstor y era dueño de una de las bodegas más importantes de Mendoza, sus vinos se vendían a todas partes del mundo.  

Cuando Franchesco hacía fila para sacar su pasaje de regreso, se le acercó una persona que se presentó como Néstor y le dijo que tenía una propuesta de trabajo. Entonces el pintor salió de la fila y se puso a escuchar al desconocido que le hablaba de bodegas, vinos, uvas y cepas. Mientras Franchesco escuchaba, pensaba que él no sabía nada de lo que el buen hombre le contaba, si con tan solo media copa de vino ya se mareaba, pero la historia llegó hasta un punto en donde el artista abrió los ojos como dos platos soperos. Lo que Néstor le proponía era que pintara las etiquetas de sus exquisitos vinos de exportación. 

Franchesco pintó siete cuadros para las etiquetas de los distintos varietales de vino que Néstor exportaba a todo el mundo.  Las pinturas reflejaban los lugares y personas relacionadas con la cultura del vino: una montaña, un racimo de uvas rojas, azules y verdes, un hombre y una mujer en la época de la vendimia y una mesa con velas y copas junto a dos manos que se entrelazan de manera romántica. 

Con el dinero que cobró fue más que suficiente para volar derecho a Francia, el gran sueño del pintor. Una vez allí se inscribió en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, pero para que lo aceptaran tuvo que dar un examen que consistía en pintar la Torre Eiffel. Franchesco sabía que muchos habían pintado la torre, por eso pensó una manera original para hacerlo. 

Cuando los profesores vieron la pintura de Franchesco quedaron muy impresionados, él había pintado la torre desde una visión única: desde arriba. El dibujo era simple, solo se veía tres cuadrados uno dentro del otro en perspectiva y, como últimó, las cuatro patas que sostienen la torre. Esta originalidad en la creatividad de Franchesco le valió para ser aceptado en esa prestigiosa universidad, el sueño de toda su vida se acababa de cumplir, pero como todo sueño cuando se termina, empieza otro, y Franchesco tenía muchos más. 

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