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Una Mañana inusual (por Rodrigo Méndez)

 

Los recuerdos de lo que paso aquel día son muy distantes y vagos; sigo sin entender muy bien que sucedió o cómo. Desperté una mañana en un lugar que desconocía, junto a una persona que no había visto en mi vida. Sentía el cuerpo pesado y me notaba bastante más grande de lo normal. Mantuve la calma como pude, me levante despacio para no despertar a mi acompañante.Salí de la habitación y fui al baño para lavarme la cara y hacer un esfuerzo por recordar qué había sucedido esa noche. Al encender la luz, mis ojos comenzaron a arder, como si fuesen los reflectores de algún escenario. Lavé mi cara para entrar en razón. Miraba fijamente como caía el agua helada por el lavamanos, sin levantar la cabeza para mirar el espejo. Inconscientemente, sabía lo que me esperaba; pero mi mundo era esa fina línea de agua que caía ahora entre mis manos, y para mi desgracia, dejo de salir.Mis manos estaban entumecidas por el frío y yo estaba quieto, firme, reacio a levantar la cabeza. No quería verme en el espejo ni moverme, pero tampoco podía detener mi cuerpo. Temblaba y lloraba. Las ideas que estaban en mi cabeza eran de la más profunda desesperación que había sentido hasta entonces. Me toque la cara con mis manos heladas,abrí los ojos de manera violenta y di un paso hacia atrás. En ese instante vi lo que tanto temía.

No estaba en mi cuerpo, lo sabía desde que me desperté en la mañana, quería creer que era algún tipo de extraña resaca, pero no, ojala hubiese sido así. Estaba en el cuerpo de un hombre de unos treinta años, corpulento y barbudo. Claramente ese no era yo, un enano escuálido que apenas podía mantener su ritmo de vida. Mi mente no estaba preparada para entender lo que sucedía, comencé a tocarme el rostro de manera violenta, casi sin sentir mi propio tacto,necesitaba dar con algún indicio de dolor, algo que me despertase de este sueño.Ojalá fuese un sueño: mi nariz sangraba, tenía un corte por encima del labio y mis manos estaban entumecidas. Reía, no me quedaba mucho más por hacer; la situación me superaba, reía entre lágrimas y temblequeo. ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Qué pasaría con mis proyectos? ¿Con mi vida? ¿Con la gente que conocía? ¿Tenía algún sentido pensar en esto? La impotencia me llevo al punto de gritar. No sé qué tan fuerte grite, quizá más fuerte de lo que jamás hubiese podido en mi antiguo cuerpo, o quizá solo fue un grito sordo que estaba en mi cabeza.

Oía unos pasos se acercaban y eso me sacaba de quicio. Se escuchaban como golpes continuos en mi cráneo que rebotaban desde el interior de los oídos, eran fuertes y pesados, no se detenían, cada vez estaban más cerca. Quería gritar, quería pedir ayuda, algo desconocido se acercaba y no podía detenerlo. La puerta se abre lentamente y una joven muchacha está ahí, con una expresión entre sorpresa y terror. Después del shock del momento, me preguntó con un tono de preocupación si había tomado mi medicación los últimos días. No tenía mucho sentido decirle que no sabía quién era, dónde estaba, o el momento de la historia en el que estábamos. Agradecí la excusa que me dio sobre la medicación y me limite a responder con un “no lo recuerdo, quiero estar solo” se retiró sin decir nada más. Una sonrisa se dibujó en mi rostro durante pocos segundos hasta que la irrealidad me golpeo de nuevo. Me mire al espejo otra vez, sólo para descubrir algo peor. Una sombra negra estaba detrás de mí. Crecía más y más, sin intención de detenerse. Las palabras no salían, un sudor frío recorrió todo mi cuerpo. La sombra ya era de mi altura y se unía conmigo en el espejo. Mi cara cambiaba, se la veía como la de un ser de pesadillas. Se me caía un ojo, carne podrida y mohosa llenaba la mitad de mi expresión,mi pelo, lleno de tierra, como si yo fuese un cadáver que llevaba años enterrado. Mi reflejo seguía su cambio, no podía detenerlo, me costaba respirar, logre desviar la mirada hacia la izquierda, vi una hoja de afeitar. La tomé con una mano que no era la mía, ni la de ese cuerpo, era una mano agujereada, delgada y llena de gusanos. Tome con gran esfuerzo la navaja y cometí el mismo error otra vez: mire al espejo. Lo único humano que quedaba de mi expresión era un ojo, que continuamente se ennegrecía, ahora de manera lenta, como si cuestionara mi coraje para detenerlo. Otra mano se levantó en el espejo y trato de tocarme la cara. No necesitaba ver más. Corte el cuello de ese cuerpo cuando solo quedaba parte de la pupila sin oscurecer.

Me desperté en una habitación, sudaba y miraba a mí alrededor con el pánico de volver a repetir esa experiencia. Revisé todo mi cuerpo. Era yo. Había sido una pesadilla horrible. Continúe mí mañana con normalidad.Encendí la televisión para ver las noticias como de costumbre y ahí escuche algo sobre un suicidio cerca de donde vivo. No le preste mucha atención hasta que vi su foto. Un hombre de unos treinta años, corpulento y barbudo.


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