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El arte de espantar, por Ignacio Galera

 

                           Damián es irrespetuoso y vulgar, casi sin filtro a la hora de insultar a cuanta persona se le cruce. Ermitaño, apasionado por la ciencia, también suele ser muy controlador. Por otra parte, está Javier que es muy carismático, siempre de buen humor, suele relacionarse correctamente con todos. Le apasiona el arte, en especial la pintura y la música: estudió la carrera de bellas artes.

                           Los dos llevan una vida rutinaria: se levantan a las siete y media de la mañana, y cada uno se dirige rumbo al trabajo. Damián es al único que le gusta tener una vida estructurada; Javier espera con ansias a que termine su jornada, para poder llevar a cabo sus actividades. Todos los miércoles a la tarde asiste con entusiasmo a un taller de pintura solo para ver a Carolina, su compañera de bellas artes.

                           Una mañana se levantó con ímpetu, juró hacer lo que no pudo en todos sus años como estudiante: la invito a tomar un café. Al principio tuvieron una charla agradable hasta que ella quedó desorientada por los cambios bruscos que mostraba Javier. A veces pasaba de estar serio y cerrado en sí mismo, a ser más amable y abierto. A las pocas semanas quedaron en juntarse de nuevo, pero esta vez Carolina quedó aterrorizada. Javier insultó al mozo cuando le trajo la comida fría, para inmediatamente preguntarle a Carolina con timidez:

  -Y vos, ¿estás separada?

Ella respondió en tono risueño:

-No, estoy esperando que me vengan a buscar ¿Qué hora es?

A Javier no le cayó bien esa respuesta pero igual se río con desagrado. A pesar de ello preguntó:

 - ¿A qué te dedicas?

                 -Trabajo en una veterinaria.

 - ¿Sos veterinaria?

                -No, pero igual ya hablamos de esto, además estudiamos la misma carrera, Javier ¿Estás bien?  

  -Sí, ¡tenés razón! Pasaron tantos años que ya se me borra la memoria -repuso él- pero entonces decime, ¿Qué haces en una veterinaria?

                 -Es un trabajo, como cualquier otro, administro el lugar, vendo piedras para gatos. Acaso, ¿vos trabajas de lo que te recibiste?

                -Sí claro, yo tengo un título de químico y hoy en día trabajo en el CONICET. Estás confundida, ¿puede ser?

                -No, ¡vos estás confundido Javier! -exclamó nerviosa- nos recibimos juntos en bellas artes.

                 -En primer lugar, no me llamo Javier, me llamo Damián y en segundo, yo no sé nada de arte. A mí me apasiona la ciencia, dejé mi vida para poder brindar mis aportes a ella.

Carolina permaneció un instante en silencio, pensó que era una broma de mal gusto de Javier.

De pronto él se desvaneció unos segundos y ni bien se recompuso  dijo:

                 -Bueno ¿en que estábamos?, ¿me dijiste que eras veterinaria?

Ella corrió espantada.

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